Resistance....

Of the myriad things I find absurd about myself, perhaps the most striking is the extreme emotional reaction I have to certain words. Some make me feel infinite tenderness; others make me cry; and a few awake in me a visceral repudiation.

I was about 14 or 15 when, after surviving a physics class, I decided the word “resistance” had to be eliminated from the Hispanic vocabulary. “It’s a matter of humanity,” I argued, outraged that there was a specific term for the breaking point of a structure. I found a certain cruelty – disguised as scientific curiosity – in taking an object to its limit simply to learn just what it takes to make it collapse.

By lina_ced Barcelona, 2017

By lina_ced Barcelona, 2017

Life went on, and so did my mania for collecting words and ideas that I hated or loved. I don’t remember the first time I felt my entrails burn in the face of injustice, but I do remember with absolute clarity the day in which, with a great deal of conviction, I embraced the commitment to screaming at the world for its injustice to women.

The word “resistance” has a strong presence in feminist spaces. For some reason, when I was called upon to resist, I inevitably drew on the stoic imperative to stand up and appear normal when, in fact, internally everything has collapsed. I felt that resisting meant denying the pain of encountering misogyny and pretending that nothing has happened. I felt it was bringing me to the point of breakdown and asking me not to break.

Originally from Mexico, I attended the January 21st Women’s March in Barcelona where I have been living for some time. It and the women’s marches around the world gave me a new way of thinking about the word “resistance.” For those who don’t know, the Women’s March was an initiative that originated on Facebook urging women to take to the streets the day after the U.S. presidential inauguration. The original goal was to protest the (blatant and very regrettable) misogyny of the now President of the United States of America, Donald Trump. The response was overwhelming, and powerful enough to restore faith even to the hopeless.

Millions of women marched in the United States and around the world with the message: “We are more”: More of us (than voted for you, Donald Trump!) are outraged that the office of President of the United States is occupied by a man accused of numerous sexual assaults.  More of us find it unacceptable that you were able to win the election in spite of frequently making statements and telling “jokes" loaded with misogyny. More of us defend the idea (for some, a crazy one) that women deserve the same rights as men, not for being “ladies” and damsels in distress, but simply because we are human. More of us think the color of the skin is just a matter of melanin and not a determining factor in the value of a person. More of us dream about building a just and harmonious world.

We are more and we are here to stay.

I have marched many times before but the 2017 Women’s March left an indelible mark on me. For the first time (and I’m convinced it won’t be the last) I took part in a political movement in a city that, even as it takes my breath away, I find foreign. During the march we heard slogans in many languages, but mainly Spanish, Catalan, and English. Signs in French, German, and even Arabic dotted the landscape. I witnessed the strength with which women of all ages voiced their indignation and the courage of women whose Islamic veils accentuated the hope in their eyes. I witnessed how families composed of different races walked holding hands. The cold wind that afternoon was easier to bear in the contagious atmosphere of warmth and love shown publicly by same sex couples… and heterosexual ones, too.

We marched with the intention of delivering a message to everyone who has felt invisible or vulnerable for being part of a minority: We are here and we won’t let injustice reach you.

That day I understood that I had been wrong for years. In the past, when feminists asked me to “resist”, they weren’t trying to find out what it would take to make me collapse – they were seeking strength in union. I finally learned that resistance is a collective act of power, not a vulnerable individual’s stoic façade.

Resistance is jointly facing injustice with courage and conviction.

Resistance is a common stance against tyranny.

Resistance is the strength in gathering together to fight for equality and freedom.

Resistance is the only way not to collapse.

Paulina Cedillo

 

RESISTENCIA....

De entre el centenar de cosas que me parecen absurdas sobre mi misma quizá, una de las más importantes es la carga afectiva que tengo ante algunas palabras. Hay palabras que me despiertan una infinita ternura, otras que con sólo pronunciarlas son tan poderosas como para hacerme llorar,  y existen palabras que me despiertan un absoluto repudio. Tenía quizá unos 14 o 15 años cuando después de sobrevivir a una clase de física, decidí que la palabra “resistencia” tendría que ser eliminada del vocabulario hispano. “Es un asunto de humanidad” argumentaba indignada ante la idea de que existiera un término específico para nombrar el punto de quiebre de una estructura, o siendo más específica, encontraba cierta crueldad disfrazada de curiosidad científica en el acto de llevar a un objeto al límite para averiguar el tiempo exacto en que tarda en colapsar.

La vida continuó, y mi manía de recolectar palabras amadas y odiadas también. No recuerdo exactamente la primera vez que sentí arder las entrañas ante la injusticia, pero recuerdo con absoluta claridad el día en el que con muchísima convicción abracé con ilusión el compromiso de gritarle al mundo lo injusto que ha sido con las mujeres.

La palabra resistencia está muy presente en espacios feministas y, por alguna razón que nunca entendí, cuando me convocaban a resistir me era inevitable pensar en el imperativo estoico de mantenerte de pie, aunque internamente todo este derrumbado. Sentía que en el acto de resistir estaba implícito el negar la tiranía con la que el dolor nos atraviesa, para después concentrarse en improvisar habilidades histriónicas que nos permitan actuar como si nada estuviera pasando.

El 21 de enero pasado acudí a la Women´s March en la ciudad de Barcelona. Para aquellos despistados y despistadas que no sepan de lo que estoy hablando: la Marcha de las Mujeres es una iniciativa que surgió en Washington con la intención de convocar a las mujeres a que salgan a las calles para protestar en contra de la (evidente y muy lamentable) misoginia del ahora Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump. El resultado fue lo suficientemente poderoso como para regresarle la fe a los más desesperanzados, millones de mujeres tomaron las calles en diversas ciudades de Estados Unidos y el mundo con la intención de dejar muy claro un mensaje: Nosotros somos más. Somos más las personas que nos indigna que la oficina presidencial de los Estados Unidos de América este ocupada por un individuo que ha sido acusado de diversas agresiones sexuales. Somos más las personas que encontramos inaceptable que ese mismo individuo haya sido capaz de llegar tan lejos a pesar de haber enunciado en incontables ocasiones, frases y “chistes” cargados de misoginia. Somos más las personas que defendemos la idea (para algunos disparatada) de que las mujeres merecemos los mismos derechos que los hombres, no por ser “damitas” ni doncellas en apuros, simplemente por ser humanas. Somos más las personas que pensamos que el color en la piel es sólo un asunto de melanina y esto no determina en absoluto el valor de una persona. Somos más las personas que encontramos en la diversidad cultural, religiosa e ideológica, valiosos elementos que nos permiten enriquecer nuestra visión del mundo. Somos más las personas que soñamos en construir un mundo más justo y armonioso. Somos más y hemos llegado para quedarnos.

Son muchas veces las que he salido a la calle a marchar, pero definitivamente el rastro que en mí dejó la Women´s March difícilmente se podrá borrar. Fue la primera vez (y estoy convencida de que no será la última) que participé en una movilización política en una ciudad que, por muchos suspiros que me robe, me sigue resultando ajena.

Durante la marcha era posible escuchar consignas en diversos idiomas, principalmente español, catalán e inglés. De la misma manera, había un sinfín de carteles escritos en francés, alemán e incluso árabe. Pude presenciar la fuerza con la mujeres de diversas edades le daban voz a su indignación mientras que sus velos islámicos acentuaban la esperanza en su mirada. Fui testigo de la manera en que familias conformadas por varias razas, caminaban tomados de las manos mientras coreaban las consignas y aplaudían efusivamente. El frío de aquella tarde fue más llevadero en cuanto el ambiente se contagió por la calidez del amor que se demostraban públicamente las parejas del mismo sexo… y las del opuesto también.

Mujeres y hombres de diversas edades, razas, clases sociales, religiones y estoy segura que de haber tenido la oportunidad de conocer la historia detrás de cada una de las personas ahí presentes, la lista de diferencias entre los que marchamos aquella tarde por las calles de Barcelona, podría haber continuado de manera infinita, estábamos ahí con la intención de hacerle llegar a un mensaje a todo aquel que en algún momento se ha sentido invisibilizado o vulnerable por pertenecer a una minoría: Aquí estamos y no permitiremos que la injusticia te alcance.

Ese día entendí que por años estuve equivocada. Cuando me invitaban a resistir en espacios feministas, no estaban incitando mi curiosidad por averiguar las condiciones y el tiempo exacto que tardaría en colapsar. La resistencia se trata de encontrar la fuerza en la unión. La resistencia es un acto de rebelión en donde no hay lugar para la individualidad. Resistencia es encarar la injusticia con valentía y convicción. Resistirse es un acto de oposición a la tiranía. Y lo más importante: la resistencia es la única vía para no colapsar.

Paulina Cedillo